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lunes, 9 de agosto de 2010

El Sherlock de Moffat y Gatiss

La serie Sherlock, creada por Steven Moffat y Mark Gatiss, se compone de tres episodios, emitidos originalmente por la BBC el 25 de julio, el 1 y el 8 de agosto del presente año respectivamente. Tras la buena recepción del primero, la productora ha sugerido vagamente que podríamos esperar más episodios en el futuro.

Toda adaptación de Sherlock Holmes de calidad se debe un análisis interesante del Canon. Veamos cuál nos proponen aquí:

Skyline
Londres es casi un personaje más

Las dificultades del mundo moderno
Las transposiciones de una narración o asunto a un tiempo posterior al cual éstos se desarrollaban originalmente implica una decisión fundamental ¿la diégesis original es conocida, como realidad o como ficción, en el mundo que postulamos? La decisión más habitual es que no se conozca. Por ejemplo, en el Hamlet de Kenneth Branagh, pese a desarrollarse en un ambiente de principios del s. XIX, nadie parece darse cuenta de que les ocurre lo mismo que en la tragedia de Shakespeare, aunque era muy famosa en aquella época; es decir, se postula un mundo en el Shakespeare no ha existido. El segundo caso, que la obra sí exista en el mundo postulado, es menos frecuente, pero la encontramos, por ejemplo, en el largometrage Mujeres en Venecia, adaptación del Volpone de Ben Jonson, o en la fallida serie Hyde de Moffat, donde los personajes sí conocen la obra original y comentan los paralelismos.

En la serie que nos ocupa se postula un mundo en el que el Holmes literario no ha existido. Un mundo sin Holmes no sería el mismo, no sólo porque no existiría el museo del 221b de Baker Street, en cuyo lugar encontramos una residencia, y demás lugares de culto, estudios, pastiches y souvenirs, sino por el estímulo que significó el personaje para la popularidad de la aplicación de técnicas científicas a la investigación policial, en incluso para su desarrollo —recordemos que Locard lo consideraba su inspiración— . Estas consideraciones han de obviarse, por supuesto, cuando aceptamos el pacto de ficción que se nos propone.

Otra dificultad es que un Holmes contemporáneo ha de renunciar a algunos de sus atributos tradicionales. Un ejemplo es su tabaquismo compulsivo, resuelto por los guionistas con ingenio y humor: «Un caso de tres parches de nicotina». Otro ejemplo, relacionado con lo que comentábamos más arriba, es que Holmes estaba en la punta de la tecnología y la ciencia forense de su época, superando con mucho a la policía oficial. Recordemos, por poner un solo ejemplo, SHOS: «Desde que cacé a aquel monedero falso por las virutas de zinc y cobre en la costura del puño, han empezado [en Scotland Yard] a darse cuenta de la importancia del microscopio». Mantener esa prioridad holmesiana hoy hubiera significado tecnificar demasiado la serie, entrando en el ámbito, casi de ciencia ficción, que ocupan series como SCI, desnaturalizando el personaje.
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Hace cinco años, en China, el callejero londinense era un libro que todo el mundo tenía


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O la policía metropolitana no autopsia a los suicidas o se les pasó un tatuaje


Por último, hemos de señalar que la serie se inscribe en una larga tradición de actualización del personaje. Las primeras adaptaciones fílmicas le situaban sistemáticamente en la época de la producción, porque le consideraban todavía lo suficientemente contemporáneo, de manera parecida a lo que nos ocurre hoy con la serie cinematográfica de James Bond o con Los Simpsons. Hasta el Perro de los Baskerville de 1939, la primera película protagonizada por Rathbone, no se tomó conciencia de que la diferencia de ambiente y tecnología era excesiva y hubo una voluntad de recreación de la época victoriana. Aunque esa premisa se observó en la película siguiente, Sherlock Holmes contra Moriarty, la serie de películas protagonizada por Rathbone pasó inmediatamente a ambientarse en el mundo contemporáneo La voz del terror, 1942— por lo que hemos de situar ahí el primer intento consciente de actualización del personaje, tendencia que no se rompería hasta el Perro de la Hammer, en 1959.

El caso de la muleta de alumino:
El mayor logro de la serie es la coherencia en la motivación de los protagonistas. ¿Qué hace que Holmes quiera a Watson como compañero y viceversa? Al margen de cierta tensión sexual no resuelta, sugerida por numerosos comentarios equívocos, Holmes explicita que necesita un asistente frente a Lestrade (15'45'', primer episodio) ¿Por qué? él mismo da la respuesta «Pienso mejor en voz alta» (47'45'' 1er. ep.), pero, sobre todo; «El genio necesita un público» (48'31'' 1er. ep.); aunque lo dice hablando del asesino, es evidente que se lo aplica así mismo y así lo entiende Watson que responde con un asentimiento irónico, en un diálogo que expresa un análisis en el que estarán de acuerdo muchos lectores del Canon.

Más interesante todavía es la motivación de Watson. La posibilidad de que la herida en la pierna de Watson sea de origen psicosomático es ya clásica. Barring-Gould atribuye la idea a un corresponsal que prefiere guardar el anonimato, pero la explica como una somatización de su inferioridad respecto a Holmes, tanto intelectual como físicamente, a lo largo de sus aventuras. En cambio, en la serie, se considera que la cojera procede de la inacción; echa de menos la guerra y, junto a Holmes, el viejo soldado se siente de nuevo en el campo de batalla, según el agudo análisis de Mycroft (39'30'' 1er. ep.), subrayado en diversas ocasiones del primer episodio, en particular, cuando olvida su muleta en el restaurante para lanzarse a una persecución (51'51''). Esto es coherente con el Canon, ya que se queja de su pierna en SIGN en un momento sedentario y jamás lo hace en escenas de acción, donde debería, precisamente, solicitar la pierna.

Skyline
Ella era el objetivo del asesino, pero Watson la deja sola para ir a proteger a Sherlock: Cada cual sus prioridades

Incluso la señora Hudson tiene una motivación satisfactoria. El hecho de que deba un favor a Holmes justifica la paciencia que tiene con él desde un principio y su difunto marido delincuente la dota de un pasado sugerente. Más importante todavía: la relación con sus inquilinos en el Canon tiene cierta ambigüedad, ya que, pese a ser la propietaria, parece asumir funciones de servicio —contradicción explicitada en los diálogos de la serie repetidamente «I'm your landlady not your housekeeper!»—. Esto queda explicado con sutiliza por el carácter maternal de la señora, del que abusan los inquilinos, a los que no les falta una faceta infantil, como también observara la Mrs. Hudson de la serie de Granada (TWIS).

Holmes y la realidad
Un aspecto muy interesante del Canon, pocas veces explotado en las adaptaciones, es el hecho de que Watson da al público información crucial sobre la vida y los métodos de Holmes y la gente que lo rodea, lo que podría dar una ventaja a los criminales; podemos verlo en una de las películas de la Universal, donde la malvada dice haber estudiado los métodos de Holmes en las obras de Watson. Con la actualización este efecto se amplifica, ya que la información se genera y transmite mucho más rápido. Watson lleva un blog, equivalente a las entregas de la revista Strand; «Estaría perdido sin mi Boswell blogger» (3er ep. 10'53''). La página de Holmes viene a ser el equivalente, en el primer episodio, del artículo «El libro de la vida». Si la creación de falsos blogs atribuidos a los personajes es frecuente, recordemos el caso de Cómo conocí a vuestra madre, dada la particular relación de las aventuras holmesianas con la realidad (que hemos comentado varias veces 1 y 2) aquí juegan un papel mucho más importante. Blogs de otros personajes, en los que podemos trazar sus relaciones y encontrar pistas, son el de la empleada de la Morgue del St-Barts y el de Connie Prince, víctima en el tercer episodio. Entre otras consecuencias, esto hará que Moriarty conozca los hábitos y dirección de Holmes y que éste deba sufrir las burlas de la policía oficial por no saber que la Tierra gira alrededor del Sol.

Un elemento fundamental de los estudios holmesianos es analizar hasta qué punto el Watson escritor modifica los hechos y la cronología y por qué razones, deliberadas o no. En las adaptaciones fílmicas, es fundamenta el análisis del personaje Watson, ya que la narración en este medio tiende a ser objetiva, desde un punto de vista exterior, por lo que la faceta del doctor como narrador y foco de la acción queda necesariamente disminuida. Esperamos tener ocasión de analizar en profundidad estos aspectos; por el momento podemos observar, en relación con esta serie, que, pese a focalizarse la acción en Watson en los primeros minutos, pasa enseguida a un punto de vista más objetivo, en el que aparece a menudo información a la que ni siquiera tiene acceso y, por consiguiente, nunca nos la podría haber hecho llegar como narrador. En esto juega un papel interesante también el blog, ya que vemos en él que Watson saca a veces conclusiones equivocadas, que miente o que oculta datos.

Gigante
A brazo partido contra el Gólem
Los episodios
Estamos, pues, ante una serie que cumple con las dos premisas fundamentales que una adaptación del mundo sherlockiano necesita: un análisis interesante del Canon y un análisis inteligente de Watson. A demás de ello cuenta con actores muy adecuados, con una excelente banda sonora y una bonita fotografía que saca partido de los paisajes y pálida luz de Londres. Todo ello aderezado con los ya inevitables recursos narrativos para expresar las observaciones o deducciones de Holmes —contrapicados, montajes frenéticos, primerísimos planos, cambios en el ritmo, flashbacks, texto sobreimprimido, etc.—, carismáticos villanos —en particular el Gólem, referencia al Creeper de La perla maldita—, simpáticos guiños al Canon —solo hemos mencionado algunos de los muchos que hay— y leales siddekicks —Hasta Lestrade y Mycroft tienen el suyo respectivo— ¿Qué más se puede pedir? Casos interesantes desarrollados en un guión sólido:

Se ha señalado cierta debilidad en la trama policial del primer episodio. Lo cierto es que cumple su papel, que es restringido, ya que la mayor parte del metraje se dedica a presentar a los personajes y el encuentro entre ellos, incluyendo a Mycroft. Lamentablemente, el segundo episodio no puede recurrir al mismo argumento para justificar su debilidad; algunos elementos están tomados por los pelos y las referencias canónicas se hacen más raras o son muy generales; por ejemplo, los dos crímenes de habitación cerrada se podrían relacionar con EMPT y SIGN respectivamente, pero no deja de ser un tópico de toda la novela policíaca desde Poe. No obstante, ha tenido una buena recepción.

Es decir, las acertadas premisas iniciales nos permitían esperanzas de un desarrollo más interesante de las tramas, esperanzas frustradas claramente en «El banquero ciego». La tercera entrega no llega a satisfacer todas las promesas, pero enmienda la confianza perdida allí hasta donde su final abierto, insatisfactorio por definición, se lo permite. La baza de «El gran juego» es meter un gran número de casos breves en un solo episodio, entre ellos el de los planos del Bruce Partinton, en este caso un misil, en una memoria Usb desaparecida.

La falta de claridad de la productora sobre la posible continuación, el final muy abierto y las reacciones de los personajes secundarios en los blogs de la serie sobre la desaparición de Sherlock, Watson y Moriarty, sugieren un truco publicitario, un intento de provocar la reacción del público pidiendo el retorno de sus héroes, como ocurrió en su día tras el incidente de Reichenbach, cataratas sustituidas aquí por una humilde piscina.

martes, 24 de noviembre de 2009

El irlandés ingrato

Aunque harto conocido de los parroquianos de esta casa, hemos creído oportuno reproducir aquí el poema que Borges dedicó al Detective y publicó en la colección Los conjurados, de 1985. El autor argentino subraya las inverosimilitudes del personaje, de manera que completa, a manera de contrapunto, los diferentes artículos aquí publicados sobre la relación de Holmes con la realidad. Hay otra razón, más importante aún, para releerlo: Borges manifiesta en diversas ocasiones su interés por la novela policíaca y por Homes en particular, esto justificará que echemos mano de sus ideas literarias en el análisis que emprenderemos en uno de los artículos en los que estamos trabajando: «Terror mortal en un correo».

No salió de una madre ni supo de mayores.
Idéntico es el caso de Adán y de Quijano.
Está hecho de azar. Inmediato o cercano
lo rigen los vaivenes de variables lectores.

No es un error pensar que nace en el momento
en que lo ve aquel otro que narrará su historia
y que muere en cada eclipse de la memoria
de quienes lo soñamos. Es más hueco que el viento.

Es casto. Nada sabe del amor. No ha querido.
Ese hombre tan viril ha renunciado al arte
de amar. En Baker Street vive solo y aparte.
Le es ajeno también ese otro arte, el olvido.

Lo soñó un irlandés, que no lo quiso nunca
y que trató, nos dicen, de matarlo. Fue en vano.
El hombre solitario prosigue, lupa en mano,
su rara suerte discontinua de cosa trunca.

No tiene relaciones, pero no lo abandona
la devoción del otro, que fue su evangelista
y que de sus milagros ha dejado la lista.
Vive de un modo cómodo: en tercera persona.

No baja más al baño. Tampoco visitaba
ese retiro Hamlet, que muere en Dinamarca
que no sabe casi nada de esa comarca
de la espada y del mar, del arco y de la aljaba.

(Omnia sunt plena Jovis. De análoga manera
diremos de aquel justo que da nombre a los versos
que su inconstante sombra recorre los diversos
dominios en que ha sido parcelada la esfera.)

Atiza en el hogar las encendidas ramas
o da muerte en los páramos a un perro del infierno.
Ese alto caballero no sabe que es eterno.
Resuelve naderías y repite epigramas.

Nos llega desde un Londres de gas y de neblina
un Londres que se sabe capital de un imperio
que le interesa poco, de un Londres de misterio
tranquilo, que no quiere sentir que ya declina.

No nos maravillemos. Después de la agonía,
el hado o el azar (que son la misma cosa)
depara a cada cual esa suerte curiosa
de ser ecos o formas que mueren cada día.

Que mueren hasta un día final en que el olvido,
que es la meta común, nos olvide del todo.
Antes que nos alcance juguemos con el lodo
de ser durante un tiempo, de ser y de haber sido.

Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una
de las buenas costumbres que nos quedan. La muerte
y la siesta son otras. También es nuestra suerte
convalecer en un jardín o mirar la luna.


La foto de la capitular está tomada de Famous People.

miércoles, 3 de diciembre de 2008

El borrador preliminar

Hicimos referencia, hace algún tiempo, a una teoría que sitúa la residencia de Holmes en Upper Baker Street, quizá basándose en cierto documento conservado en los archivos de Arthur Conan Doyle. Vamos a ocuparnos más detenidamente de este documento, ya que ha servido de base o de excusa para diversas teorías holmesianas: se trata de un borrador con ideas preliminares para Estudio en escarlata. El penúltimo párrafo es un esbozo de lo que serán los improperios de indignación que Watson soltará tras leer en una revista el artículo «El libro de la vida», sin saber que el autor era su coinquilino, en el segundo capítulo de la novela. En último párrafo encontramos las opiniones que emite Holmes sobre Dupin y Lecoq un poco más adelante en el mismo capítulo. Pero veamos en detalle lo que dice la primera parte del documento:
Borrador de Estudio en escarlata
Reproducción encontrada aquí























Study in scarlet

Ormod Sacker- from Soudan from Afghanistan

Lived at 221B Upper Baker Street

With

I Sherrinford Holmes

The Laws of Evidence

Reserved-

[Slee]py eyed young man - philosopher - collector of [violins]

an amati- Chemist

I have four hundred a year-

I am a Consulting detective -

Estudio en escarlata

Ormond Saker- de Sudán de
Afghanistan

vive en el 221B de Upper Baker Street

Con

Yo, Sherrinford Holmes

Las leyes de la evidencia

Reservado-

Joven de mirada somnolienta - filósofo - coleccionista de violines

un amati - químico

Gano cuatrocientas libras al año -

Soy detective cosultor-


Algunos de estos elementos han sido utilizados desde una óptica intrasistemática, como en el caso mencionado más arriba que muda a Holmes de Baker Street a Upper Baker Street. En particular, el nombre provisional del detective, Sherrinford, ha sido muy explotado en muchos pastiches y, sobre todo, se ha adjudicado a diversos antepasados y parientes del detective:
En la más influyente biografía holmesiana, la de Baring-Gould, es el apellido de soltera de su madre Violet, así como el nombre de pila del mayor de los tres hermanos Holmes. El nombre aparece también profusamente en el árbol genealógico que publica Philip Jose Farmer en Tarzan Alive y, en suma, es el nombre más frecuente en todos los intentos genealógicos del personaje junto a Siger, tomado del pseudónimo que usó durante sus años perdidos Sigerson, literalmente hijo de Siger; incluso en la parodia cinematográfica El hermano más listo de Sherlock Holmes, el hermano se llama Sigerson.

El hecho de que el nombre preliminar del doctor sea Ormond, es decir la versión inglesa de un nombre irlandés, respalda, de una extraña manera que mezcla lo intrasistemático y lo extrasistemático, la teoría de Dorthy L. Sayers (que resumimos sucintamente aquí) según la cual la H del segundo nombre de Watson hace referencia a Hamis, la versión galesa de James.

Horace Vernet
Autoretrato de Horace Vernet, antepasado de Holmes por parte de madre, según declara en «La aventura del intérprete griego». Dice que heredó de él su atención al detalle. Imagen de la Wikipedia

El amati, que sería sustituido en la versión definitiva por un stradivarius, tendrá una reminiscencia en el capítulo tercero, donde se alude a una disertación de Holmes sobre las diferencias entre los violines de estos artesanos de Cremona.

Pasando al punto de vista extrasistemático, es decir, dejando de fingir que Holmes y Watson son personajes reales, también el documento nos da elementos de reflexión:

Hemos hecho ya referencia a la particularidad de que Watson sea a un tiempo narrador y personaje; esto tiene implicaciones narratológicas profundas que tendremos ocasión de explorar en el futuro, por lo que resulta interesante constatar que este borrador indica que esa decisión fue tomada más tarde: en la idea germinal era Holmes quien narraba, como prueba que hable de sí mismo en primera persona en todo el manuscrito y, cuando presta la voz al doctor en el penúltimo párrafo, lo hace entre comillas, como una cita, mientras que cuando habla Holmes no hay comillas.

En todo caso, el documento es una semilla fecunda en el fecundo jardín de holmesianos y analistas.

La letra capitular está montada sobre una imagen de la película Basil, ratón superdetective.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Watson y Fedón

Cuando Platón se puso a escribir sus ideas filosóficas tuvo una idea muy interesante desde el punto de visto de la técnica expositiva:

En lugar de decir «Pienso que tal y que cual» (ensayo) aplicó dos trucos: por un lado atribuyó sus pensamientos a otro personaje de autoridad establecida (Sócrates) y por otro, y esto es lo que nos interesa aquí, en lugar de aplicar un estilo discursivo introdujo diferentes voces, como si de una obra teatral se tratara, que pudieran interrumpir el discurso de la voz principal. De esta manera podía anticipar las objeciones o preguntas que al lector pudieran surgirle, siendo también un hábil artificio para organizar los contenidos, haciendo que los personajes introdujeran preguntas en el momento conveniente.

(Por otra parte, a demás de esta explicación desde el punto de vista de la técnica narrativa, esto tiene una justificación doctrinal ya que, según Platón, todos los conocimientos duermen en nosotros de manera innata, enseñar es hacer las preguntas adecuadas para despertarlos; sin embargo, si se fijan ustedes, en la mayor parte de los diálogos el único que emite ideas es Sócrates y los demás se limitan a decir «En verdad no puede ser de otra forma» , «Sí ¡oh, Sócrates!», «¿Cómo podría ser de otro modo?» y cosas así).

Desde entonces esta técnica ha dado mucho de sí en narrativa. Un «amigo del prota» siempre es muy útil para que el lector (o el espectador, resulta más importante en géneros dramáticos) se entere de las intenciones del protagonista gracias a que este tiene con quien hablar; para hacer de público dentro de la acción que admire las hazañas de héroe, etc. Es muy posible que la idea le viniera a Platón del coro de las tragedias.

La muerte de Sócrates, por Jacques-Louis David

Un ejemplo magistral de este tipo de personaje pueden encontrarlo ustedes en el capítulo XXI de la primera parte del Quijote. Tras capturar el yelmo de Mambrino, Sancho propone a su amo que se ponga al servicio de un emperador; don Quijote comienza aquí un largo desbarre explicando con todo tipo de detalles lo que pasaría en ese caso. Lo que sería una bochornosa paja mental si don Quijote estuviera solo se convierte en un diálogo maravilloso gracias a que Sancho le sigue la corriente, dejándose llevar por ella y tomando el relevo explicando lo que él hará cuando sea gobernador.

Este tipo de personaje acompañante, sin el cual el héroe nunca hubiera sido lo que llegó a ser (los franceses lo llaman faire-valoir, los ingleses sidekick) tiene una realización perfecta en Watson. El doctor cumple su papel tanto desde el punto de vista técnico como en el interior de la ficción, ya que Holmes necesita el asombro de su amigo para alimentar su ego. Podemos pensar que Conan Doyle tenía conciencia del abolengo platónico de su criatura, ya que tras la supuesta muerte de Holmes en Reichenbach le hace escribir las siguientes lineas, con las que acaba el relato «El problema final», en recuerdo de su amigo:

«[...] a quien yo siempre consideraré como el mejor y más sabio de los hombres a quienes me ha sido dado conocer.»

Referencia evidente a las que dedica Fedón a Sócrates y con las que acaba el diálogo que lleva su nombre:

«[...] a un varón que, como podríamos afirmar, fue el mejor a más de ser el más sensato y justo de los hombres de su tiempo que tratamos.»

Este artículo fue publicado originalmente aquí.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Holmes y Monk


Vimos en la entrada precedente una introducción general a cómo Holmes influye en las ficciones televisivas actuales. Es un asunto sobre el que volveremos en el futuro, hoy nos centramos en una serie en particular: Monk. Para entender el personaje partiremos de dos principios:

1.Cada héroe tiene sus poderes o, como mínimo, habilidades particulares y en contrapartida sus debilidades: así Superman no soporta la kryptonita y Doraemon teme a los ratones y se pirra por los dorayaki.
2. Por otra parte toda la historia del whodunit puede interpretarse como un análisis de Sherlock Holmes: todo escritor de este tipo de tramas está obligado a plantearse en qué va a parecerse o diferenciarse su propio detective del de Baker Street.


Pero imaginemos por un momento a Holmes: un tipo capaz de darse cuenta de cualquier detalle, por insignificante que parezca; de una traza de ceniza de cigarro a las diferencias entre los barros de los distintos barrios de Londres ¿no podríamos pensar que se trataba en realidad de un obsesivo compulsivo ?

Lo brillante del análisis de Holmes al origen de Monk es que hace indisociables sus habilidades de sus debilidades; ambas son manifestaciones directas de su patología. Si ve los detalles que no encajan es porque le molestan terriblemente, si lucha contra el crimen es por poner orden en la jungla exterior que le aterroriza. Esto se explicita con la frase leitmotiv de la serie «Es un don… un don y una maldición».

Esta coherencia del personaje principal beneficia también a personajes secundarios, en paralelismo con Watson y Mycroft Holmes:

Conan Doyle tenía siempre que buscar alguna excusa para hacer acompañar a sus detective por el Dr. Watson (especialmente desde que este se casa ¡en la segunda de sus aventuras!); aquí la excusa no es necesaria; es evidente que Monk no podría desenvolverse en la vida sin asistencia; siguiendo la misma lógica, Sharona (la Watson de Monk en las primeras temporadas) es enfermera y hereda así, de forma completamente natural, el carácter sanitario de Watson.

Adrian y Ambrose, interpretado magistralmente por John Turturro,
en el episodio «Mr. Monk vuelve a casa otra vez
»



El Sherlock de las series producidas por Granada TV, Jeremy Brett,
con su hermano; Charles Gray componía un Mycroft impresionante,
pero más dinámico que el literario

El paralelo es todavía más evidente en los hermanos, Mycroft Holmes y Ambrose Monk. Ambos aparecen en muy pocas aventuras (Mycroft en cuatro y Ambrose en dos, por el momento) su existencia era desconocida por ambos asistentes de detective (ya que, aunque vivan en la misma ciudad, no se frecuentan) con la consiguiente sorpresa cuando se revela. Ambos tienen las capacidades de observación y deducción desarrolladas en un grado aún más elevado que sus respectivos hermanos menores, pero cuentan con el gran hándicap de no poder moverse, lo que les incapacita para la vida detectivesca. El misántropo Mycroft sólo sale de su casa para ir al vecino Club Diógenes (cuya regla principal es que los miembros no pueden hablarse entre ellos) Ambrose, por su parte, padece (entre muchas otras manías) agorafobia, por lo que en el momento de su aparición en la serie hacía varias décadas que no ponía un pie fuera de casa.


El momento clásico de la entrada de Mycroft,
en la versión de la serie de Granada;
los dos hermanos observan y deducen frente a la ventana de Club Diógenes

La escena paralela en el capítulo «Mr. Monk y las tres tartas»

Mycroft hace su aparición en «El intérprete griego», sin embargo, el capítulo en el que entra Ambrose se parece más a «La aventura de los seis napoleones»: en ambas el malo ha de recuperar una serie de objetos idénticos, en el interior de uno de los cuales debería hallarse el MacGuffin. En este caso tartas de cereza en lugar de bustos de Napoleón; el inicio del capítulo recuerda a El ministerio del miedo de Fritz Lang

La mayor agudeza del hermano mayor se demuestra en ambos casos en deducciones basadas en observaciones efectuadas a través de una ventana; la escena toma visos de competición fraterna y es ocasión de gran asombro para Watson y Sharona.

Como en el caso de Adrian, los «poderes» de Ambrose son inseparables de sus debilidades y quedan (así como la difícil relación con su hermano) explicados por sus trastornos psiquiátricos. Sherlock y Adrian son freaks y eso les permite realizar hazañas por las que obtienen reconocimiento; sus hermanos llevan ese mismo frikismo a un punto tan extremo que les aisla del mundo exterior, que, por consiguiente, les ignora. En ese sentido recuerdan a los hermanos (en la realidad, esta vez) Charles y Robert Crumb, tal como aparecen en el documental de 1994 sobre el famoso dibujante underground.

Este artículo es la reelaboración definitiva de dos : Monk (1) y Monk (y 2), publicados en el blog El predicador Malvado. Las dos capturas de pantalla del capítulo de Monk Las tres tartas, proceden de aquí; estoy particularmente encantado con la capitular y, para hacerla, usé una estatua de Napoleón encontrada aquí.

viernes, 7 de noviembre de 2008

Holmes y la realidad (1)

Un factor importante en el éxito de las aventuras de Sherlock Holmes es la peculiar relación de su mundo de ficción con el nuestro real:

Watson declara publicar sus relatos en la Strand Magazine, donde efectivamente las encontraban los lectores del mundo real. Por su parte algunos de los personajes leían también los relatos, incluso han conocido al detective a través de ellos. Introducir este tipo de cruces entre realidad y ficción no era nuevo (en el Quijote muchos personajes de la segunda parte han leído la primera, e incluso discuten sobre ella) sin embargo el efecto aquí está reforzado por el uso del narrador-personaje. El artificio autobiográfico permite a Doyle dar u ocultar información al lector según le conviene ya que, a diferencia de un narrador omnisciente, Watson depende de lo que ve y oye (y muy particularmente de lo que Holmes quiere o no decirle) pero además, lo que nos interesa aquí, elimina la convención (con su lastre de inverosimilitud) de que podemos saber lo que hacen los personajes incluso aunque no haya nadie allí para verlo.

La vida privada
Un orgulloso Watson (Robert Stephens) muestra a Holmes (Colin Blakely) su último relato aparecido en el Strand Magazine en La vida privada de Sherlock Homes, 1970


Esta fascinante ilusión de realidad ha tenido como consecuencia que existan personas que crean que Holmes es un personaje histórico, por increíble que parezca, lo que dio lugar a una abundante correspondencia dirigida al 221b de Baker Street en busca de consejo. También existen grupos de personas, las sociedades Holmesianas, que, aunque saben que se trata de un personaje de ficción, juegan a imaginar que no es tal: consideran a Watson el verdadero escritor de las narraciones y dan a Conan Doyle el papel de su agente literario.

Dos problemas surgen inmediatamente cuando se acepta este juego:

-Incoherncias de la realidad con las narraciones. Por ejemplo: mientras Holmes se queja de que ya no hay grandes criminales Jack el Destripador siembra el terror en White Chappel ¿cómo es que no se le ocurra resolver ese grave asunto?; otra es que nunca existió en Baker Street un número 221B.

-Incoherencias dentro del texto. El Canon está plagado de contradicciones, debidas sin duda a los muchos años que abarca su redacción y la negligencia o desinterés del autor. Algunas de las más famosas son: la vieja herida de Watson se sitúa a veces en la pierna y otras en el brazo; el doctor J. H. Watson, habitualmente llamado John, es llamado James por su esposa (en «El hombre del labio retorcido»).




Holmes, por Sydney Paget; ilustración para «El hombre del labio retorcido». Portada de la primera publicación en la que aparece Holmes; antes de pasar a pubicarse en el Strand Magazine

Las sociedades Sherlockianas se dan tenazmente a la tarea de explicar esas incongruencias: por ejemplo algunos piensan que Watson recibió una segunda herida, otros que las alusiones a la herida de la pierna son de origen psicosomático; la confusión de la señora Watson se explica porque la 'H' del segundo nombre del doctor procede de 'Hamish', la forma irlandesa de James; el asunto del Destripador fue resuelto por Holmes, pero silenciado por que implicaba a un policía corrupto, etc. (cf. el interesante libro de Baring-Gould, Sherlock Holmes de Baker Street). En cuanto a la situación del 221b de Baker Street, es un asunto del que nos ocuparemos en este blog próximamente.

El juego de las sociedades Sherlockianas es interesante y divertido; la causa de la formación de una tradición en torno al héroe es la presencia de numerosas y persistentes incongruencias en el Canon que perturban la verosimilitud que espera el lector. Las incongruencias dinamizan esta formación de la tradición porque obliga a cierto nivel de análisis y de reescritura del texto.

Partir de un corpus de ficción lleno de incoherencias y tratar de subsanarlas para darle verosimilitud es el objetivo, pues, de estas sociedades. Este fin, así como sus métodos, son los mismos de los utilizados en teología; de manera que no es casual que, como veremos, los inventores de esta tradición fueran teólogos, apologetas del catolicismo y anglicanos conversos a la Iglesia de Roma; permanezcan atentos a sus pantallas.

Pueden leer la continuación de este post aquí: «Holmes y la realidad (2)»
Una primera versión de este artículo fue publicada originalmente el 14 de agosto de 2007 en El predicador Malvado
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